El 10 de diciembre de 1896 fallecería uno de los científicos e inventores más influyentes del siglo XIX, Alfred Bernhard Nobel. El químico e industrial sueco se haría mundialmente famoso, y exageradamente rico, por la invención y comercialización de la dinamita. Este invento no solo le hizo amasar una enorme fortuna, sino que también le provocaría una enorme sensación de culpa tras haber leído un obituario erróneo que lo nombraba “especulador de la guerra”.

Tal fue su arrepentimiento, que en el último testamento que firmó en vida, especificó que su fortuna debería usarse para crear una serie de premios que galardonasen a aquellas personas científicas, escritoras o humanistas que aportaran los mayores beneficios a la humanidad en los campos de la física, la química, la medicina, la literatura y la paz. Nació así el famoso Premio Nobel en 1901.

Desde su creación, estos premios no han estado exentos de polémicas, sobre todo en las categorías de Literatura, Paz o Economía. Pero las ramas científicas tampoco han estado libres de controversia, siendo una de las más comunes en cuanto a la invisibilización de las mujeres.

La primera mujer en recibir el premio Nobel sería Marie Curie, recibiendo el premio de Física en 1903, por el descubrimiento de elementos radiactivos, seguida en 1905 por la activista austrohúngara, Bertha Von Suttner y por la escritora sueca Selma Lagerlöf en 1909. Hasta la fecha, los premios han sido otorgados a 901 hombres, 64 mujeres y 37 organizaciones. De las 64 mujeres, 18 ganaron el Premio Nobel de la Paz, 17 de Literatura, 13 de Medicina, 8 de Química, 5 de Física y 2 de Economía.

Cabe destacar que, durante todo el siglo XX, solo 29 mujeres recibieron el galardón, frente a las 31 que lo han recibido durante el siglo XXI hasta el 2023. Esta imagen refleja la poca relevancia que se le ha otorgado a las mujeres en estos premios, destacando sobre todo en los ámbitos científicos.

Dentro de todas las historias y mujeres invisibilizadas por estos premios, si hay una que resuena con mayor tristeza es la de la científica Lise Meitner. Nacida en Viena el 7 de noviembre de 1878, se convertiría en 1905 en la primera mujer en la Universidad de Viena, y la segunda en el mundo, en obtener el doctorado. También se convertiría en la primera profesora titular de física en Alemania, donde desarrollaría la mayor parte de su carrera.

Durante el año 1938, Meitner junto a los químicos Otto Hahn y Fritz Strassmann, descubrió que al bombardear el torio con neutrones producía diferentes isótopos. A su vez, en diciembre de ese mismo año, descubrieron el fenómeno de la escisión de los átomos, que en la edición de la revista Nature de 1939 les daría el nombre de fisión nuclear. Habían descubierto uno de los mayores avances de la historia de la física, pero solo Otto Hahn recibiría el Premio Nobel de Química en 1944 por la fisión nuclear.

Tal vez, el mero hecho de ser excluida del Premio pese a ser meritoria fuese suficiente injusticia para la científica austriaca, pero la historia de esta prolífica física no acabaría ahí. Con la unificación de Alemania con Austria en 1938, Meitner perdería su ciudadanía austriaca y, al ser de origen judío, no conseguiría la alemana. Pero gracias a su amigo Niels Bohr, conseguiría un visado de trabajo para poder ir a Suecia a trabajar, por lo que pudo huir a tiempo de Alemania.

Durante su estancia en Suecia, siguió investigando, recibiendo la llamada de Otto Robert Frish para universe a la misión británica del Proyecto Manhattan en el Laboratorio de Los Álamos para crear la bomba atómica. Y es aquí cuando el paralelismo entre Nobel y Meitnier se hace aún más latente y la injusticia por la invisibilización de esta científica en los premios aumentó. Y es que Nobel creó estos premios para lavar su conciencia después de que su mayor invento fuese usado para la guerra y la destrucción de la humanidad, para premiar y alabar a esas personas que hacen del mundo un lugar mejor y producen el mayor beneficio a la humanidad. En cambio, Meitner, cuando se le propuso participar en la creación de la bomba atómica, el uso bélico de su descubrimiento, ella se negó, declarando que no participaría jamás en la creación de una bomba y que lamentó que esta tuviese que ser inventada. La científica que más se adecuaba al espíritu que intentó transmitir Nobel con la creación de sus premios quedó completamente opacada y nunca fue galardonada ni laureada por ellos.

En 1956, la universidad de Oxford decidió otorgarle un Doctorado honoris causa al expresidente estadounidense Harry S. Truman, pero una mujer se opuso enérgicamente a esto, siendo ella la filósofa Elizabeth Anscombe, que en su autopublicado panfleto “Mr Truman’s Degree”, alegaría que una universidad como la de Oxford no debería otorgarle dichos honores al expresidente encargado de bombardear Hiroshima y Nagasaki. En este panfleto, la filósofa diría lo siguiente “Que los hombres elijan matar al inocente como medio para alcanzar sus fines es siempre asesinato, y el asesinato es una de las peores acciones humanas”. El panfleto, uno de los mejores tratados éticos del siglo XX, y las críticas promovidas por Elizabeth Anscombe no hicieron efectos y Truman conseguiría el doctorado. Al igual que Robert Oppenheimer, creador de la bomba, que recibiría el prestigioso Premio de los tres físicos, premio que nunca recibió Meitner.

Lise Meitner es el claro ejemplo de esas mujeres que, a largo de la historia, no solo han tenido que combatir con los impedimentos típicos que sufrían las mujeres para poder realizar su profesión, sino que no fueron reconocidas en su momento y que quedaron en un segundo lugar, pese a contribuir a mejorar la sociedad y no aportar a su destrucción. Meitner fue la científica invisible, pero gracias a ella y al paso del tiempo, puede llegar a ser el modelo para que las próximas generaciones de científicas puedan hacerse palpables en la sociedad.

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