En tierra de nadie

En 1975 Lois Jenson empezó a trabajar junto a otro grupo de mujeres en las minas de hierro de la compañía Eveleth Taconite Co. Desde el primer día de trabajo, ella y sus compañeras fueron objeto de burlas, amenazas y acoso por parte de sus compañeros hombres. En 1984 denunció la situación por primera vez. Lo único que consiguió fue que le rajaran las ruedas de su coche.

cristinaJenson no desistió en su lucha, reivindicando el derecho de las mujeres a trabajar donde, por aquel entonces, solo consideraban aptos a hombres, y denunciando las condiciones extremas a las que se estaba viendo sometida. El proceso fue largo y duro, y Jenson tuvo que soportar comentarios humillantes no solo por parte de sus compañeros, sino de la propia compañía y de profesionales del derecho. Ella y sus compañeras se vieron sometidas al escrutinio de sus vidas privadas, siendo llamadas “histriónicas” y minimizando sus experiencias. En 1992 Jenson abandonó su puesto de trabajo y, poco después, fue diagnosticada con Síndrome de Estrés Postraumático.

No fue hasta 1998 cuando la compañía llegó a un acuerdo con las trabajadoras justo antes de que se celebrara el nuevo juicio, pagando una indemnización de 3.5 millones de dólares en total. Este acuerdo sin precedentes daría lugar a la escritura de un libro y posteriormente una película basada en el caso que en España se tituló como “En tierra de hombres.”

En nuestro país no fue hasta 2002 cuando llega la primera condena por acoso sexual, delito que no había sido recogido en el código penal hasta pocos años antes, en 1999. Fue el sonado caso Nevenka, que suscitó en la sociedad de aquel entonces opiniones encontradas y controvertidas que hoy en día probablemente veríamos como escandalosas. Ya no es aceptado socialmente cuestionar o culpabilizar a la víctima de un delito como tal, al menos de manera pública. Sería absurdo negar que nuestra sociedad ha avanzado desde 2002 respecto a la manera en la que se percibe el acoso sexual o incluso en lo que se considera o no acoso sexual. El movimiento feminista ha conseguido, al menos en apariencia, una mayor concienciación sobre el papel de la mujer en todos los ámbitos de la vida (laboral, social, doméstica), reclamando unos derechos y una igualdad que permita a las mujeres existir como tal sin que la etiqueta de su género suponga ningún tipo de discriminación.

Las mujeres, sin embargo, siguen encontrándose día a día con situaciones en las que su género es más importante que el resto de sus características, que sus cualidades, que su talento o que su opinión. Pensamos que quedan lejos situaciones como la que vivió Lois Jenson o Nevenka Fernández, queremos creer que una mujer no tiene porqué “aguantar” una situación de acoso laboral porque “las cosas ahora son diferentes.” Sin embargo, sigue ocurriendo. Pese a la concienciación, pese a la sororidad, pese a las leyes que nos protegen, el sexismo sigue presente en el trabajo.

La razón es sencilla: el sexismo sigue presente en el trabajo porque sigue presente en la sociedad. Que por fin hayamos aceptado el sexismo como la causa de las situaciones terribles que desencadena no es suficiente para evitar dichas situaciones. Es imposible pretender solventar las consecuencias si no se actúa directamente sobre la raíz. No podemos esperar a que haya un incendio para arreglar un enchufe en mal estado.

El papel del hombre y la mujer en el trabajo no solo se distancia en el bien conocido techo de cristal o en la brecha salarial, sino que estas son las consecuencias finales de un clima en la que la división por género está presente desde el momento en el que se entra en el mundo laboral. Empezando por la propia imagen corporativa y la estética laboral, a hombres y mujeres se les divide como al alumnado de un colegio con uniformes que dejen claro una diferencia que luego pretendemos que no exista. Mientras que un hombre debe ir acicalado para dar buena imagen, una mujer que presente exactamente la misma indumentaria (traje sobrio, cara lavada) sería vista como poco profesional. Considerar elemental el maquillaje como parte del uniforme, así como la falda o los tacones, elementos incómodos que dificultan la jornada, para solo un género es, sin duda, el inicio de una situación en la que se parte de cero en desigualdad de condiciones. A veces podemos oír intentos de justificar esto diciendo que son las propias mujeres quienes eligen maquillarse, usar un determinado zapato o un determinado uniforme, pero debemos preguntarnos lo siguiente: ¿se le permitiría a un hombre acudir a su trabajo maquillado, en falda y tacones si así lo deseara?

Que la imagen es importante en nuestra sociedad es un hecho, pero debemos cuestionarnos por qué dar buena imagen es diferente si eres hombre o si eres mujer, por qué para dar buena imagen un hombre debe mostrar sobriedad mientras que una mujer debe resultar atractiva. ¿Cómo podemos evaluar el trabajo, talento o esfuerzo de una persona cuando parte de esa evaluación está condicionada en función si esa persona es atractiva? ¿Y cómo podemos exigir a una persona ser atractiva cuando esa imagen puede suponer, a la vez, un arma de doble filo?

Cuando hablamos del techo de cristal y de la dificultad que tienen las mujeres para alcanzar puestos de responsabilidad se tienen en cuenta elementos como prejuicios respecto a la capacidad de liderazgo de las mujeres, así como la reticencia de las propias mujeres tanto a valorarse positivamente como a creerse capaz de estar al frente de un puesto de responsabilidad. También se considera las dificultades para la conciliación, entendiendo que la mayoría de mujeres perpetúan el rol cultural de cuidadoras y esto genera incompatibilidades con un puesto de trabajo altamente exigente. Sin embargo, pocas veces se tiene en cuenta las presiones que soportan las mujeres una vez superado el techo de cristal, las asunciones de que pueden haber conseguido ese ascenso por medios ilícitos, o los juicios morales respecto a su valor como mujer si antepone su trabajo a su familia.

Para las mujeres, el terreno laboral es si acaso más conservador y, por tanto, sexista de lo que puede ser su entorno social, por lo que su comportamiento dentro de él estará condicionado a seguir las reglas que se le presuponen y actuar como “debe actuar una mujer”, siendo reticentes a salirse de los límites por miedo a las posibles consecuencias negativas. Esto se puede ver de manera clara en la manera en la que la división de trabajos por género sigue siendo una realidad, y las plantillas feminizadas abundan en los trabajos relativos al cuidado y la enseñanza, mientras que la masculinización de los trabajos técnicos sigue siendo evidente. Cabe destacar que, mientras que sigue existiendo presencia de hombres, sobre todo en puestos de alta responsabilidad, en los trabajos tradicionalmente feminizados, cuando observamos los trabajos tradicionalmente masculinizados nos encontramos con mujeres en puestos inferiores o, en el caso de una plantilla del 100% de hombres, la figura femenina se relega a un mero elemento decorativo (no olvidemos las populares chicas de calendario en las paredes de los talleres).

La posición en la que se encuentran las mujeres en el terreno laboral, lo culturalmente aprendido, las diferencias esperadas y consentidas, las pequeñas cosas que parecen inofensivas y que nos empeñamos en justificar a veces con el simple argumento de “así son las cosas” son los elementos primordiales para generar un caldo de cultivo del que puede surgir algo tan serio y que todo el mundo se apresura a condenar como el acoso sexual. Eso unido a la situación de crisis económica añade la problemática de clase a lucha por un espacio de trabajo libre de sexismo. Difícilmente una mujer en situación necesidad se planteará denunciar situaciones de precariedad laboral o acoso cuando se ve ante la posibilidad de que el único sustento que entra en su casa deje de existir.

Como ya se comentaba anteriormente, el ámbito laboral no es más que un reflejo de la sociedad en la que vivimos. Es imposible erradicar lacras como el acoso sexual en el trabajo si no se erradica también la estructura sexista sobre la que está cimentado. Es imposible crear una fuerza de trabajo unida si las personas se ven forzadas a elegir entre defender sus derechos o poner un plato de comida en la mesa. Si pretendemos conseguir un ambiente laboral libre de discriminación debemos trabajar desde las bases, dando las herramientas necesarias para poder afrontar las situaciones conflictivas y, sobre todo, educando en la empatía y el bien común. Puede que ya las mujeres no se encuentren en tierra de hombres, pero desde luego siguen encontrándose en tierra de nadie.

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