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Aún hoy en día siguen existiendo personas a las que les resulta inconcebible aceptar las realidades trans. Se sienten confusas e incluso temerosas de esa identidad ajena y, sobre todo, desconocida. No nos debe extrañar esta reacción, sobre todo si tenemos en cuenta que estas personas, al igual que todas las demás, han crecido en una sociedad marcada por el binarismo inmutable de género de forma tan absoluta que incluso llega a parecer dogma de fe.

El pensar que alguien no encaje en esta norma, en este modelo binario, puede ser difícil de entender, aún más en un contexto en el que la contracorriente ahora se entiende como tradición en el sentido más rancio de la palabra. Pero es que precisamente no hay nada más mutable que la llamada tradición.

Generalmente se piensa en la tradición como algo histórico inalterable y perpetuo, cuando solo hace falta echar un vistazo a los archivos históricos para darnos cuenta de que (entre muchas otras cosas) el género “tradicional” no siempre ha sido binario.

Debemos remontarnos a la época medieval para entender el origen de la diferencia entre mujeres y hombres tal y como hoy la conocemos. El pensamiento cristiano escolástico se estableció en Europa e impuso una visión dual del mundo basada en la percepción de los opuestos como orden del mundo. De esta forma se diferenciaba entre luz y oscuridad, bien y mal, razón y fe, y por supuesto, se empezó a diferenciar a hombres y mujeres, no solo con objeto de dar un nombre a los cuerpos, sino para marcar los roles específicos que debíamos asumir como naturales por creación.

Este concepto arraigó en nuestra cultura de manera que trasciende su origen para formar parte de los cimientos de nuestra estructura cultural. Eso no significa, sin embargo, que todas las personas se ajustaran de manera “natural” a esta división, sino que pasaron a ocultarse, a silenciarse, a considerarse como algo no deseable y digno de corrección.

Es en la sociedad actual postmoderna cuando las estructuras hegemónicas se ponen en duda, ya que comprendemos que la realidad se compone de un amplio abanico de vivencias y realidades. Entonces todo aquello oculto sale a la luz, empieza a tener voz, y reclama su derecho a existir.

Se estima que hoy en España hay alrededor de 47.000 personas trans. Según un estudio realizado por la Federación Estatal LGTBI+, la discriminación hacia estas personas en España sigue siendo alarmante, con 4 de cada 10 personas sufriendo acoso o exclusión.

A pesar de los avances legales, también enfrentan altas tasas de desempleo, con un 55% de rechazo en entrevistas laborales, además de agresiones físicas y sexuales que no terminan por denunciarse debido a la a desconfianza en las instituciones y el miedo a represalias.

En una sociedad sana, todas las personas deben poder sentirse libres de existir tal y como son. Por ello, es fundamental detectar las carencias sociales que hacen que la discriminación se perpetúe y se reproduzca.

Durante los últimos años hemos podemos apreciar avances significativos en cuanto a los derechos de las personas LGTBI en España a nivel normativo y laboral, siendo un logro importante el acuerdo alcanzado por el Ministerio de Igualdad de España junto CCOO y UGT, para la elaboración de un protocolo de acompañamiento a las personas trans en el ámbito laboral.

Este documento establece un mecanismo claro para las empresas sobre cómo gestionar los procesos de transición de género de personas en plantilla, garantizando el respeto a la identidad, la confidencialidad, la no discriminación y la igualdad de oportunidades. Acuerdos de este tipo son fruto de una preocupación real que afecta al mundo laboral.

Las personas que formamos parte de las organizaciones o empresas no somos únicamente piezas de un engranaje. Somos personas con identidades, emociones, derechos y, sobre todo, somos quienes hacemos a las organizaciones lo que son. Solo un desarrollo libre del ser garantiza el pleno desarrollo tanto individual como colectivo.

La inclusión de nuevas realidades en la sociedad no es un proceso sencillo ni rápido, ya que implica revisar en profundidad las estructuras de nuestra sociedad y hacer ejercicios de deconstrucción de aquello que creíamos inmutable. En un momento histórico como el que estamos atravesando, nuestro principal deber es trabajar en comunidad y crear redes que protejan la dignidad, la libertad de las personas y el derecho a existir.

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